Por Patrick Colón
La historia de las materias primas es, en gran medida, la historia del comercio mismo. Desde la antigua Sumeria, alrededor del 4000 a. C., donde el trueque y el ganado estructuraban la economía, hasta la creación de la primera bolsa de valores en Ámsterdam entre los siglos XVI y XVII, los recursos básicos han sido el eje del intercambio. En la era moderna, la fundación de la Bolsa de Comercio de Chicago en 1848 formalizó el comercio de productos agrícolas como el maíz y el trigo, dando paso a mercados especializados como la LME y el NYMEX, que ampliaron el intercambio hacia metales y energía.
Durante las colonizaciones iniciadas a finales del siglo XV, las materias primas funcionaron como el principal motor económico de las potencias imperiales. Metales preciosos y productos agrícolas como el azúcar, el tabaco, el algodón, el cacao y el café alimentaron la acumulación de capital en las metrópolis y aceleraron su industrialización, transformando al mismo tiempo las estructuras productivas y sociales de las colonias.
A mediados del siglo XVIII comenzó la Revolución Industrial, cuyas distintas etapas permiten comprender la evolución del comercio global y la competencia por la supremacía. La primera fase, impulsada por el carbón y la mecanización a vapor, incrementó de forma radical la eficiencia productiva. La segunda, a partir de 1870, se apoyó en el acero, la electricidad y el petróleo, transformando el transporte, las comunicaciones y la industria pesada. La tercera etapa, desarrollada a mediados del siglo XX, se centró en la informática, las telecomunicaciones y la biotecnología, sustentadas por materias primas como el aluminio, el cobre, el vidrio y la fibra óptica.
La cuarta etapa es la que se desarrolla en la actualidad. En este contexto destaca Venezuela, frecuentemente descrita como “la tabla periódica en un país” por la diversidad de sus recursos. Su riqueza no se limita al petróleo, sino que incluye bauxita, hierro, oro, cobre, litio y coltán, insumos esenciales para la fabricación de tecnologías clave como teléfonos inteligentes, sistemas satelitales, motores eléctricos y microprocesadores.
En la competencia entre potencias, la tecnología se ha convertido en un instrumento central de poder duro y poder blando. Permite proyectar influencia, fortalecer capacidades militares, recopilar información estratégica y consolidar ventajas en áreas como la investigación y la inteligencia artificial. A diferencia de la Guerra Fría, la carrera actual no se define tanto por la cantidad de armas, sino por la superioridad tecnológica integral.
Países como Estados Unidos, Canadá, Brasil, China, Irán y Rusia poseen amplias reservas de materias primas y, además, la capacidad política e industrial para administrarlas y transformarlas. En contraste, naciones como la República Democrática del Congo, Zambia, Bolivia o Indonesia, pese a su abundancia de recursos, dependen de capital y gestión extranjeros, fenómeno comúnmente llamado “la maldición de los recursos naturales”, aunque en realidad responde a estructuras de dependencia históricas.
Las materias primas no han perdido centralidad en la era digital; se han vuelto aún más estratégicas. Ya no basta con poseerlas: el poder reside en la capacidad de transformarlas, integrarlas a cadenas de valor complejas y convertirlas en soberanía efectiva. En el orden global actual, la pregunta no es quién tiene más recursos, sino quién está en condiciones de convertirlos en poder tecnológico y proyección geopolítica. ¿Quién está realmente preparado para dar ese salto?
















































