Por: Jaime Bruno
En el sombrío tablero geopolítico del siglo XXI, dos recursos naturales se disputan el centro de la estrategia internacional: el petróleo y los minerales críticos, entre ellos las tierras raras. Por décadas, el petróleo dominó las prioridades económicas y militares globales. Hoy, a medida que el mundo transita hacia sistemas energéticos más limpios, los minerales que posibilitan baterías, electrónica y tecnologías renovables emergen como el nuevo eje de poder entre naciones.
Petróleo y su legado geopolítico
Venezuela posee enormes reservas de petróleo, uno de los mayores activos energéticos del planeta y un punto histórico de tensión con potencias como Estados Unidos. Aunque la transición hacia la electrificación reduce gradualmente la demanda de combustibles fósiles, el petróleo sigue siendo crucial para la economía global a corto y medio plazo, especialmente en sectores como aviación, transporte marítimo y petroquímica. La influencia geopolítica de los grandes productores de hidrocarburos persiste debido a esta dependencia estructural.
No obstante, el curso de la economía mundial está cambiando: gobiernos, industrias y mercados anticipan un escenario en que la energía limpia tendrá mayor peso relativo, reduciendo la presión sobre los combustibles tradicionales pero elevando la importancia de otros recursos no renovables, los minerales críticos para sostener esta transición.
Los minerales críticos comprenden una serie de elementos, entre ellos litio, cobalto, cobre, níquel y las 17 tierras raras que son esenciales para la construcción de tecnologías modernas: desde baterías de vehículos eléctricos y redes de almacenamiento energético, hasta paneles solares, turbinas eólicas y sistemas militares avanzados. La Agencia Internacional de Energía proyecta que la demanda de estos minerales podría triplicarse para 2030 si el mundo quiere avanzar hacia metas climáticas ambiciosas.
Las tierras raras, en particular aunque no son especialmente raras en la corteza terrestre, están dispersas en concentraciones bajas, lo que hace que su extracción y procesamiento sean costosos, complejos y ambientalmente sensibles. Aun así, son esenciales para motores eléctricos, imanes de alta eficiencia y electrónica avanzada.
El dominio chino y las cadenas de suministro globales
China ha consolidado una posición dominante en el procesamiento y refinamiento de minerales críticos, particularmente tierras raras, controlando una proporción abrumadora de la cadena de valor mundial. Esta primacía ha generado preocupaciones profundas en economías como Estados Unidos, la Unión Europea y Japón, que dependen de estos materiales para su industria tecnológica y de defensa.
Los recientes movimientos de Pekín como restricciones de exportación de tierras raras a Japón demuestran que el control de estos recursos ya no es simplemente económico, sino también un instrumento de poder geopolítico y presión estratégica.
América Latina alberga tanto petróleo como vastos yacimientos potenciales de minerales críticos. Sin embargo, países como Venezuela enfrentan dificultades estructurales: datos geológicos incompletos, falta de inversión, crimen organizado y volatilidad política que limitan su capacidad de materializar ese potencial en beneficios económicos reales. Tal como han señalado analistas independientes, este panorama podría persistir por la próxima década.
A pesar de ello, la importancia estratégica de estos recursos explica por qué Estados Unidos y otras potencias han intensificado su atención diplomática y económica hacia regiones ricas en minerales. No es solo petróleo, sino la ambición de asegurar cadenas de suministro diversificadas y seguras para la próxima era tecnológica.
La competencia por el control y acceso a recursos estratégicos está reconfigurando alianzas globales. Estados Unidos busca reducir su dependencia de China a través de acuerdos con aliados como Australia, Europa y otros proveedores de minerales críticos, así como mediante inversión en infraestructura doméstica.
Simultáneamente, Europa impulsa políticas para reforzar su autonomía estratégica frente a la “weaponización” de cadenas de suministro, especialmente en sectores como la aeronáutica y defensa.
Este entorno refuerza la percepción de que los recursos naturales son ahora piezas en un juego donde la tecnología, el comercio y la seguridad nacional están estrechamente entrelazados.
Mirando hacia las próximas dos décadas aunque las energías limpias crecerán rápidamente, el petróleo seguirá siendo vital durante muchos años, especialmente en sectores difíciles de descarbonizar.
La transición energética dependerá tan profundamente de estos minerales como el desarrollo económico del siglo XX dependió del petróleo. Su escasez o control estratégico pueden alterar la balanza de poder entre naciones.
La supremacía en tecnología, desde inteligencia artificial hasta defensa avanzada estará ligada al acceso fiable a estos recursos, lo que intensificará rivalidades globales y regionales. Economías avanzadas y emergentes buscarán minimizar vulnerabilidades mediante alianzas, manufactura local, reciclaje y nuevas fuentes de suministro para evitar dependencias estratégicas.
La lucha contra las emisiones exigirá más minerales para construir infraestructuras limpias, pero también estrategias más sofisticadas de reciclaje y eficiencia para reducir impactos ambientales y geopolíticos de la extracción.
La economía global en el umbral del 2030–2050 está siendo reformada por fuerzas que combinan la geopolítica tradicional del petróleo con una nueva era de dependencia en minerales críticos. América Latina, Asia y Europa están insertos en redes complejas de cooperación y competencia que reflejan esta transformación. Si bien los desafíos son enormes, desde la sostenibilidad ambiental hasta la seguridad económica la forma en que las naciones gestionen sus recursos, alianzas y tecnologías definirá no solo su poder económico, sino también su contribución a un futuro bajo en carbono y más equitativo.
















































