La República Dominicana se ha convertido en una fábrica inagotable de aspirantes presidenciales que se han caracterizado por no tener un norte definido, por carecer de una clara visión política y mucho menos de un proyecto creíble de nación. Basta con que un político roce, aún sea de refilón la administración de los fondos públicos para creerse ungido por un supuesto derecho divino a dirigir el escarpado y turbulento destino dominicano.
Estos consagrados del destino manifiesto no aspiran a gobernar la nación por su consabida capacidad, formación, o porque posean las brillantes ideas o los criterios correspondientes para enrumbar la suerte del pueblo hacia puerto seguro.
Más bien, aspiran por su cercanía con el poder, por su marcada intención de asaltar el presupuesto nacional, para darle un uso abusivo a los recursos del Estado.
Lo verdaderamente alarmante no es la osadía de estos aspirantes, sino el descaro con que se presentan, simulando un liderazgo inexistente, construido con los recursos festinado del Estado.
Se sumergen en la repetición de discursos diseñados para complacer oídos cansados. Son aspirantes verdaderamente desubicados en tiempo y espacio, incapaces de comprender la complejidad social, económica y territorial de la nación que dicen querer gobernar.
Desde esas falsas tribunas, terminan creyéndose sus propias fábulas. Confunden la dilapidación con gobernar, y la improvisación con dirigir. Despilfarran fondos públicos sin escrúpulos, sin prioridades preestablecidas y sin responder a las mínimas necesidades reales del país.
Nuestra historia republicana está plagada de aspirantes y gobernantes que llegaron por pura «chepa» al solio presidencial.
Algunos llegaron cargados de buenas intenciones, es cierto, pero ya sabemos que los caminos del infierno suelen pavimentarse de sanos propósitos.
La historia nos ha ilustrado de forma reiterativa que el resultado de estos supuestos predestinados ha sido devastador.
Es sumamente doloroso que hayamos perdido de forma repetitiva más de medio siglo en puros inventos, los cuáles nos han costado el retardo, para que de forma planificada alcanzáramos el desarrollo, la prosperidad, modernización y la transformación social requerida.
¡»¡Si usted no sabe a dónde va, ya llegó”!
En la actualidad esa frase define con precisión quirúrgica la ineptitud que ha marcado a la mayoría de gobernantes de la República Dominicana por más de siete décadas, salvo muy contadas excepciones.
La mayoría de nuestros presidentes han gobernado sin un verdadero Plan de Desarrollo Nacional que articule las urgencias y particularidades de cada provincia dentro de un proyecto común de nación.
Penosamente, la República Dominicana ha tenido como vanguardia en el ejercicio gubernamental la improvisación. Así es que, han existido presidentes que entran al Palacio como quien entra a una habitación oscura: a tientas.
Unos apostaron al populismo del espectáculo de las llamadas «Visitas Sorpresas» otros implementaron modas pasajeras con los llamados invernaderos, y otro, como el caso que nos asiste en la presidencia actual, con ruedas de prensa semanales, convertidas en un circo de baja estofa y en los llamados fideicomisos dudosos.
El destino de los gobiernos sin planeación, ni propósitos concretos a largo plazo será SIEMPRE EL MISMO: el agotamiento, la inercia y la pérdida total del sentido para gobernar.
A la incapacidad le sobreviene el despilfarro, la creación de proyectos superfluos, el endeudamiento obsceno y el clientelismo descarado.
Sobre el marco de este sombrío drama, es donde se pierde el legado y se desperdicia y echa por la borda el tiempo histórico para alcanzar la transformación, el bienestar y el desarrollo.
Justo en este punto, es donde entra la nación en un franco retroceso.
Las administraciones de Luis Abinader constituyen una prueba viva de inercia, que se traduce en caos administrativo, endeudamiento colosal y en un vulgar latrocinio de los recursos públicos.
Toda esta incapacidad y desorden administrativo es generado porque Luis Abinader no tenía la más mínima certeza de la conducción del Estado. No tenía brújula o un verdadero norte a seguir.
Debemos apartarnos de la torpeza de seguir tropezando con la misma piedra. De una vez y por todas escojamos proyectos sólidos en vez de discursos sinuosos y vacíos.
La República Dominicana no puede darse el lujo de elegir a un candidato sin brújula, porque un país sin rumbo y que no planifica, no gobierna: sobrevive, y la nación que sobrevive termina agotada, endeudada y sin esperanza.
Sólo nos resta decirles que la advertencia está hecha.
Si usted señor presidente, Luis Abinader, ¡»No sabe a dónde va, ya usted llegó.»! Pero lo grave del caso no es que usted haya llegado; lo grave del caso es que usted y los suyos estén arrastrando consigo a toda la nación hacia un escalofriante e inimaginable abismo mortal.
Por Flavio Holguín

















































