- Por Manuel Rivera
Venezuela no cayó en una dictadura: la eligió. Aplaudiendo pseudo caudillos. Bailando joropo y votando. En 1998 el país no fue engañado; fue seducido por un militar resentido con complejo de mesías que no prometió democracia, sino venganza. Contra los ricos, contra «el imperio», contra cualquiera que entendiera cómo funciona una economía. El chavismo no ocultó su plan: avisó que iba a destruirlo todo. Y el país, encantado con su propio resentimiento, le dio carta blanca.
Lo que siguió fue el manual clásico del caudillismo latinoamericano, esta vez financiado con petróleo. Captura de jueces, sometimiento de militares, cierre de medios, elecciones amañadas y una oposición reducida a decorado. El Estado no fue reformado: fue ocupado. El Parlamento neutralizado. El Tribunal Supremo convertido en oficina del Ejecutivo. La Constitución, en papel mojado. Cinco elecciones después, el mensaje quedó claro: aquí no se pierde. Nunca.
La economía fue el siguiente cadáver. Un país sentado sobre las mayores reservas de petróleo del planeta logró quebrarse sin guerra ni catástrofe natural. Controles absurdos, expropiaciones delirantes, corrupción obscena y una impresora de billetes operada por fanáticos. Resultado: hiperinflación, salarios de hambre, ahorros pulverizados y una moneda inútil. Cuando el precio del petróleo cayó, el castillo de arena colapsó. No había plan B. Nunca lo hubo. Solo discursos y culpar a Estados Unidos, el comodín eterno para no asumir responsabilidades. Millones de venezolanos hicieron lo único racional: huir. No emigraron; escaparon.
Hablar de «salida democrática» en ese contexto es una fantasía, digna de una película de Spielberg. No había elecciones libres, ni justicia independiente, ni prensa protegida, ni Fuerzas Armadas neutrales. Había presos políticos, colectivos armados y miedo. Mucho miedo. Pedir diálogo ahí es pedirle ética a una mafia. Las dictaduras no caen con comunicados diplomáticos: caen mal, caen feo, caen haciendo ruido. Porque nunca construyen instituciones; solo dependencia.
Hoy Venezuela está hecha polvo. Apagones, escasez, mafias armadas denominadas colectivos, que amedrentan a la población. Incluso, para la fecha de este artículo, las detenciones y revisiones de móviles no cesan. El chavismo no dejó Estado: dejó ruinas. La dictadura era indefendible en todos los planos. Y si este quiebre abre, aunque sea a empujones, la posibilidad de elecciones reales, justicia independiente y normalidad republicana, entonces se acabó la farsa.
Esto no es neutralidad.
Es llamar a las cosas por su nombre.
Y eso, en América Latina, ya es dinamita.
















































