En Montecristi se discute hoy un tema tan sensible como necesario: el uso correcto de la libertad de expresión. Se cuestiona si opinar o compartir información sobre hechos de interés público implica necesariamente tomar postura, cuando la esencia de comunicar muchas veces es simplemente informar. Lo curioso del caso es que quienes ahora se sienten aludidos y buscan ampararse en la ley, son los mismos que durante años usaron micrófonos y pantallas para señalar, acusar, perseguir e intimidar sin freno ni filtro. Quienes gritaron más fuerte, pensaron que eso les daba más razón.
Es oportuno recordar lo que establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 19:
«Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.»
Aquel comunicador que hoy amenaza con demandas, que intenta coartar opiniones escudándose en supuestas difamaciones, olvida su propio historial de atropellos contra autoridades, empresarios y ciudadanos. Quiere callar a los que hoy o mañana puedan opinar sobre él, aún sabiendo que sus acusaciones carecen de base legal y nunca prosperarán.
Lo triste no es su doble moral, sino el silencio cómplice de los gremios y asociaciones que debieran defender la libertad de expresión. Callan… por miedo o por conveniencia, pero callan. El respeto que una vez se ganó, hoy se ha transformado en lástima, distancia y rechazo. Porque levantar la voz no es tener la razón, y porque nadie llega al desprecio ajeno por accidente: hay quienes se lo ganan con méritos propios.
Por Willian Baldayaque
















































